CONTINUACIÓN NOCHE DE DIFUNTOS

Miguel, atónito, no salía de su asombro, él no creía ni había creído nunca en fantasmas, pero lo que sus ojos habían visto no se lo podía negar nadie, o…     ¿Quizás había sido fruto de su imaginación? ¡No, no, de ninguna manera! Él había visto a una joven en medio del camino ¡Estaba seguro de ello! pero ¿quién demonios podría ser? Conocía a todas las mozas del pueblo y aquella muchacha no se correspondía a ninguna de ellas. ¿No sería…? ¡Qué absurdo! ¡De ninguna manera! ¡Qué tontería se le estaba ocurriendo! ¿un alma en pena? ¿A caso la de la joven asesinada? ¡Quiá!; ¡Pero qué “bolo”, pensar esas “pavonás”! O su cabeza le había jugado una mala pasada o sería alguna moza que, citada para un encuentro con algún mozo, viendo acercarse a Miguel, creyó que se trataba de su amante, luego al comprobar que se trataba de otra persona corrió a esconderse entre los olmos. ¡Claro, seguro que era eso, mira que llegar a pensar que podía ser un alma en pena!

Reanudó su camino sin poder olvidar la extrema palidez de la mujer; ¡realmente parecía la cara de una difunta! pero probablemente sería por el efecto de la luz del farol reflejada en su rostro, aunque ¡aquella forma tan misteriosa de desaparecer como si sus pies no tocaran en el suelo! Un nuevo estremecimiento recorrió otra vez su cuerpo acentuándole el temblor, sin embargo, no iba a dejarse dominar por ningún temor; él, Miguel «palabrazas» — se repitió de nuevo a sí mismo— no temía ni a los vivos ni a los muertos.   

Volvió a acelerar el paso con ganas de llegar al camposanto, el tacto de sus manos había desaparecido por completo cuando por fin alcanzó el final del promontorio y se encontró de lleno con las paredes encaladas del cementerio.  Con el hombro empujó la verja cuyas bisagras chirriaron con estrépito y entró. Las tumbas se alineaban paralelamente al camino que cruzaba el recinto de un extremo a otro. Las más lujosas y suntuosas en una primera fila a izquierda y derecha. Paralelas a éstas se encontraban otra fila de tumbas más modestas y finalmente, adosados a las paredes, los nichos donde solían enterrar a los menos pudientes.  Naturalmente la tumba de la familia de Miguel se hallaba en la primera fila.  La losa que la cubría era de mármol blanco con un santo cristo esculpido y con las inscripciones en relieve. Allí descansaban sus padres, sus abuelos y algunos de sus antepasados. Sin detenerse se dirigió hacia la pared donde debía de clavar la argolla acompañado por el roce de sus pisadas. De repente y sin poderlo evitar sufrió un sobresalto, a su derecha en el fondo, apareció una extraña luz verdosa y achatada a poca distancia del suelo. Sorprendido se quedó inmóvil intentando comprender qué era aquello. Recordó que no ha mucho, allí mismo habían enterrado al Antolín, un pobre hombre, anciano ya, que vivía sólo y de la caridad de la gente del pueblo. Lo encontraron muerto en su mísera choza y al no tener a nadie el ayuntamiento se hizo cargo de los gastos del entierro. …Aquella luz… ¿sería realmente el alma en pena de aquel desdichado? ¡Ba, qué tonterías se le estaban ocurriendo! Sin dejar de mirar la extraña luz, que parecía seguirle, anduvo los últimos pasos que le faltaban por llegar hasta la tapia del fondo.  Dejó el farol en el suelo, tomó la argolla con su mano izquierda, el machaco con la derecha y se dispuso a clavarla, pero aun antes de dar el primer golpe se le escapó de la mano cayendo al suelo. Soltó el machaco antes de cogerla de nuevo y se frotó las manos fuertemente hasta que consiguió recuperar algo de tacto. Tomó de nuevo la argolla intentando asirla con más fuerza, entonces se le ocurrió tomar la parte baja de su capa a guisa de guante para sujetarla. Con el machaco en la otra mano empezó a golpear la argolla. Entonces recordó que tenía que invocar a los difuntos y retarlos, aunque de no hacerlo, ¿quién podría enterarse? Pero él era hombre de palabra y su honor no le permitír incumplir esa parte de la apuesta. Empezó a canturrear: Difuntos, difuntos, acudid a mí todos juntos. Aquel canto, mezclado con el gemido del viento y con los golpes del machaco sobre la argolla, que retumbaba con un raro eco por todos los rincones, parecía componer una extraña y macabra sinfonía.  Después de repetir varias veces el canturreo al tiempo que seguía clavando la argolla, soltó el machaco y se dio media vuelta para coger el farol y anudar el pañuelo tal como había dicho a sus amigos, pero al girarse tropezó con él, con tan mala fortuna que se rompió quedando el cementerio totalmente a oscuras, excepto aquella pequeña luz verdosa que seguía allí presente observándole.  Con un cierto temblor de manos intentó buscar el pañuelo en uno de sus bolsillos, pero entonces sintió que alguien le sujetaba por la capa.

          — ¿Eh, ¿quién demonios…? — Se dio la vuelta intentando ver quien le sujetaba, sin embargo, aquella oscuridad absoluta le impedía distinguir nada siquiera a un metro de distancia. Quiso dar un paso dando un fuerte tirón de su capa sin conseguirlo — ¿Quién demonios anda ahí? — gritó asustado. Nada, sólo el ulular del viento llegó hasta sus oídos como una voz lastimera.  Entonces empezó a gritar y a forcejear; — ¡Soltadme quienes seáis! ¡Dejadme! ¡Soltadme! ¡Soltadme, malditos quienes seáis!

Pero era inútil, por más que forcejaba no podía librase de aquello que fuese lo que  le sujetaba. Su pánico y terror iba aumentando cada vez más y más, ahora ya sólo acertaba a gritar ¡No! ¡No! Mientras su corazón latía con tanta fuerza que parecía iba a salírsele del pecho. Por un instante delante de él, a tan sólo unos centímetros de distancia, distinguió la silueta blanca de la mujer que se le había aparecido en el camino, que le miraba fijamente a los ojos y Miguel, pudo ver en su rostro, ahora sin el reflejo de la linterna, la palidez de la muerte. Una angustia nunca antes sentida, se adueñó de él al tiempo que  un grito horrendo escapaba de su garganta, después nada, cesó el viento y el silencio más absoluto se hizo en el camposanto.

 FIN

CINTO

CRÓNICA SAN CUGAT SASGARRIGUES

Pues voy a ser breve, mis querido/as del corazón. Última excursión puntuable para el Campeonato de Cicloturismo y resultó la de mayor participación de toda la temporada; paradojas de la vida. fuimos catorce Velos, más dos desaparecidos en combate que fueron a parar a Avinyó Nou; Diego Fernando y su colega Nicolás).

He aquí la lista de participantes según aparecen en la foto de familia. De izquierda a derecha; Sergi,  Monsó, Blas, Señor Cinto, Perona –un poco escondido–, Fede, Nico, Oscar, Miquel, Marc, Orlando y Quiroga. Falta el Seve  que tomó la foto y a quien incluyo a parte mientras la tomaba, y Bartolito, niño querido que suele marcharse un poco antes.

Decía al principio que voy a ser breve porque, aunque me uní al grupo en El Plà poco antes de Molins de Rei y rodé dentro de él hasta el Congost, confieso humildemente que mis piernas (o mi cuerpo, vayan ustedes a saber), no estaban nada finos. Llevaba mucha tontuna encima y me costaba horrores seguir el ritmo. Por tal motivo decidí coger una marcheta con la que me encontrara, más o menos a gusto, y no parar hasta San Cugat de Sasgarrigues. Así lo hice; me acompañaron el Sergi y el Blas y formamos el trío «Los reyes del cotarro». Nos alcanzaron el Oscar y el Marc, un par de kilómetros antes de llegar a San Cugat, y en menos de quinientos metros sólo eran un punto en la lejanía.

El servicio del restaurante Café Cugat, no estuvo ni bien ni mal, sino todo lo contrario. Bien la espera de los bocatas, fatal la espera de los cafés y tuvimos que suplicar para que nos hicieran la cuenta, al final optamos por ir directos a la barra y pagar uno por uno los 7, 60 euros que nos costó la consumición. Muy bien el precio.

De la ruta del regreso, poco puedo contar. Estaba programada por Avinyó Nou, Ordal y Molins de Rei, pero mi sorpresa fue que, llegados a la altura de Avinyo Nou, el grupo giró a la derecha en dirección a Olesa de Bonesvalls, mientras yo continué recto hacia el Ordal. Pensé «se han equivocado, ya darán la vuelta». Pero el equivocado fui yo. durante el almuerzo, justo en el momento en que fui al lavabo, decidieron modificar la ruta por Olesa de Bonesvalls y Vallirana.

Como se suele decir, «me quedé a cuadros», pero tuve la suerte de que el bueno del Nico, continuara también recto hacia el Ordal, y al rebufo de su rueda, rodé como llevado en carroza de Plata. No me forzó en la ascensión al Ordal permitiendo que marcara yo mi ritmo con él a mi rueda. Gracias Nico.

Después de gozar del descenso hasta Molins de Rei, ya en el parquin de la estación de Quatre Camins con la bici cargada, pensando que el grupo aún tardaría en llegar, tuve dudas de si acercarme o no a La Bodeguilla, finalmente decidí hacerlo, apenas aparqué el coche ya vi  aparecer al Miquel y al Orlando, casi al momento llegó el resto, Monsó, Sergi, Seve y Perona. Y disfrutando de nuestra fresca y deliciosa jarra de cerveza, tertuliamos un agradable rato.  En definitiva; estupenda mañana con temperatura agradable y bonita excursión compartida con grades amigos y compañeros. Fin del final de las crónicas del Señor Cinto. A partir de ahora colgaré noticias de ciclismo y novedades del Velo y, como sé que me repito más que el ajo, si alguien con nuevas ideas desea relevarme de este menester, le cedo con gusto mi lugar.

¡Eh! Que no se os olvide que, por cese de la actividad, BICLETAS MARCO, ofrece un 20% de rebaja en todos los artículos en existencia; bicis para niño/as, carretera y BTT, ropa, componentes, recambios, etc. Recordad, calle Renclusa, 50 de l’Hospitalet

Un abrazo y hasta pronto

Cinto (el Señor)

Comentarios recientes

28.10 | 18:41

Saludos mis amigos velocicloturistas que estáis cada domingo rodando por las carreteras de España y del mundo en esta gran pasión que es el ciclismo. Seguid así..

Atte Alberto Contador velasco.

13.09 | 14:18

Muy buenas companys, ¿Este año habrá marxa para Octubre?

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