NOCHE DE DIFUNTOS

(Continuación)

Sin más se sentaron todos y comenzaron la partida. A pesar de la vehemencia de la conversación, ésta se había producido en tono contenido, como si también ellos temieran ser observados por alguien inmaterial, incluso Miguel, que se jactaba de no temer a nada ni a nadie, había contenido su tono de voz. Por fin, tocadas ya las once y media, Miguel decidió poner punto final.

—Bien señores, con vuestro permiso, para mí esta es la última. Creo que ha llegado el momento de irme a cumplir con otros menesteres.

—¿Estás seguro que quieres continuar con la apuesta ahora que estás en racha? —preguntó el Agustín— Por mí podemos seguir jugando y olvidarnos del tema. ¿Qué opináis vosotros?

—Si, sí, venga, ¡sigamos jugando y dejemos a los muertos en paz!  —propuso don Julián

—Una apuesta es una apuesta y Miguel «palabrazas» además de no ser un «gallina» es hombre de honor. Lo apostado, apostado está, pero si alguno de vosotros quiere retirarse, que lo haga ahora porque una vez salga por esa puerta nadie podrá volverse atrás.

—Nadie tiene intención de volverse a tras, que yo sepa, —replicó Alonso—, creo que Agustín te está dando la oportunidad de olvidarte de la apuesta y aquí paz y después gloria.

—He dicho que ni hablar —replicó con calma al tiempo que se incorporaba de la silla—. Cualquiera de vosotros que suba mañana al cementerio, encontrará la argolla clavada en la pared del fondo, con este pañuelo con mis iniciales atado a ella. —añadió sacando un pañuelo del bolsillo de su chaqueta. Luego con paso lento y estudiado se encaminó al colgador, descolgó la capa se cubrió, tomó la argolla y el machaco y se dirigió a la puerta. A decir verdad, ni sus amigos ni las demás personas que se encontraban en el casino, se hubieran atrevido, en noche como aquella, a acercarse al cementerio, mucho menos a entrar en él para nada. Era noche de supersticiones, leyendas y cuentos sobre muertos y todos sin excepción tenían demasiado respeto a los difuntos y las consejas que sobre ellos se relataban, para aventurarse a hacer algo semejante a lo que Miguel estaba dispuesto a hacer, éste se volvió desde la puerta y dirigiéndose a todos saludó diciendo;

—Hasta mañana señores, nos veremos a mediodía —luego dirigiéndose a Alfredo, dueño del casino y depositario del dinero de la puesta, dijo;

—Mañana a mediodía vendré a por los cuartos, Alfredo.

—Espera Miguel —dijo Alfredo— llévate esto también; te hará falta —añadió ofreciéndole un farol de petróleo.

Nadie contestó al saludo de Miguel, los allí presentes le miraron en silencio, unos con respeto, otros con indiferencia, viendo como desaparecía tras la puerta. Todos conocían lo que en el pueblo se comentaba sobre su valor. Se decía que, en cierta ocasión, fue citado por una partida de bandoleros que por allí andaban.  Los bandidos le citaron a él porque sabían que sería el único que se atrevería a acudir a la cita y que no les delataría. Le pidieron que les llevara víveres y tabaco y el encuentro tuvo lugar una noche en el cementerio precisamente. Pero en esta ocasión era distinto, pensaban algunos; no era con los bandoleros con quien debía de encontrarse, sino, que iba al cementerio para retar a los difuntos que, en noche como aquella, salían a redimir sus penas unos, en busca de venganza por haber sido traicionados en vida otros y en busca del descanso eterno los más.

Llevando el machaco y la argolla en la mano derecha y el farol en la izquierda, con paso lento, pero firme, tomó el camino del campo santo el cual se hallaba situado en un pequeño promontorio a un cuarto de legua del pueblo, andando sin prisa tardaría unos quince minutos en llegar. ¡Qué bolos!, apostarse doscientos cincuenta reales cada uno a que él no era capaz, en noche de difuntos, de ir solo al camposanto a retar a los muertos. La argolla clavada en una de las paredes sería la prueba de su acción. vaya “pavoná”. Él, Miguel «palabrazas» no creía en historias de difuntos resucitados ni de almas en pena vagando por aquí o por allá. Los muertos no vuelven de allí donde van y él nunca había tenido miedo, ni de los vivos ni de los muertos.

En aquella hora, cercana a la media noche, por los ventanucos de casi todas las casas, se filtraba la luz de las palmatorias que alumbraban la bajada de las ánimas que, según la tradición, se disponían a visitar a sus deudos. Una vez hubo abandonado la última calleja del pueblo, enfiló el camino que conducía al camposanto. A partir de allí la oscuridad se hizo casi absoluta, tan sólo el resplandor del farol iluminaba el espacio que ocupaba Miguel, encerrándole en un pequeño haz de luz y sólo aquel eterno tañer, cada vez más lejano, de campanas, rompía vagamente el silencio. El camino se hallaba salpicado de olmos y carrascas y el viento, filtrándose por sus espesas ramas, aullaba con voz lastimera como queriendo sumarse a la tenebrosidad de la noche, mientras el balanceo de la linterna al andar alargaba y acortaba su propia sombra con fantasmagórico vaivén

El cielo se hallaba cubierto por una espesa capa de nubarrones que presagiaban tormenta y el frío arreciaba. Llevando las manos ocupadas con los utensilios, le era imposible embozarse en la capa y taparse la cara azotada por el gélido viento que provocaba en sus ojos, un ligero lagrimeo. Sintió haberse olvidado, en noche semejante, de los guantes de piel que completaban su vestimenta. Sus manos iban perdiendo el tacto y su cuerpo empezó a temblar ligeramente. Aceleró el paso, ¡acabaría cuanto antes con aquello! Clavaría la dichosa argolla en el sitio fijado y regresaría rápidamente al pueblo. Quizás si se daba prisa todavía encontraría el casino abierto y podría tomarse una buena copa de coñac con la que entrar en calor. Si sus amigos continuaban allí, les haría saber que habían perdido la apuesta y al día siguiente subiría con ellos   a comprobarlo. De pronto a unos pocos metros delante de él, una silueta blanca se recortó en la oscuridad de la noche. Se detuvo recordando a Gabina y la noche en la que la tiró a la fuente de la Plaza Mayor. — ¿No habría vuelto a las andadas?  —se preguntó a sí mismo. ¡No, imposible! Gabina no tenía conocimiento de aquella apuesta y de haberlo tenido, no se hubiera atrevido a intentar asustarle de nuevo. Además, aquella silueta no tenía nada que ver con la de su mujer, la silueta que él contemplaba era de una mujer alta y delgada. — ¿Quién anda ahí? —preguntó en tono firme elevando el farol por encima de su hombro.  Nada, la silueta permaneció inmóvil — ¿Quién demonios podría andar por allí en noche como aquella?  Dio un par de pasos hacia adelante situándose a unos escasos cuatro o cinco metros de la silueta.  Por un instante le pareció ver el rostro, blanco como la cera, de una mujer que le miraba fijamente a los ojos mientras un estremecimiento recorría su cuerpo.   — ¿Qué haces aquí muchacha? —acertó a preguntar. Pero al instante, moviéndose como si flotara, la silueta desapareció entre los árboles que flanqueaban el camino.

CONTINUARÁ

Penúltima excursión puntuable con buena participación y la presencia del «capo», don Oscar López, con cara de arrepentimiento –es un decir–, por habernos abandonado la semana pasada. El resto, además del susodicho «Capo», fuimos; el capi Seve, Quiroga, Miquel, Orlando, Diego y su amigo Nicolás, Marcial, Monsó, el Señor Cinto, con las piernas doloridas y  castigadas, pidiendo clemencia. por haber participado el día anterior en la clásica tusina, Ruta del Opio; el Perona (se nos unió en el restaurante) Bartolo (nos estaba esperando en el Ullastrell).

El primer tramo de la ruta fue cubierto, más o menos como de costumbre; El capo Oscar, en cabeza del grupo marcando el ritmo desde el principio, y los demás a su rebufo hasta el Congost donde el grupo suele fraccionarse ligeramente.  Reagrupamiento rápido y seis kilómetros suavecitos hasta enlazar con la carretera de Ullastrell para enfrentarnos con la ascensión del puerto que, aun no siendo excesivamente duro. sus desiguales desniveles (ver gráfico), lo hacen, como se dice en el argot ciclista; «pestoso».

El «color» de la ascensión fue el siguiente. Coronamos el primer tramo de kilómetro y medio, hasta Santa María de Villaba, en estas posiciones; el capo Oscar, intratable, se fue a su ritmo y pronto desapareció de nuestro campo visual. Por detrás le siguió el Nicolás (amigo del Diego, no confundir con el Nico). Detrás del Nicolás, el dúo, Seve, Diego; a poca distancia el cuarteto, Quiroga, Orlando.  Miquel y Señor Cinto y por último el amigo Marcial a su aire y sin meterse en líos.

Coronado el primer repecho en el orden ya explicado, se lanzó el Señor Cinto, en el kilómetro y medio de descenso para contactar con el dúo Seve/Diego, cosa que consiguió al comienzo de las siguientes rampas. Sin embargo «la fiesta» sólo duró hasta la primera curva; puesto que sus mortificadas piernas se negaron a seguir el ritmo del dúo que, lenta, pero inexorablemente, se fue alejando hasta alcanzar una ventaja de, aproximadamente 200m. (que puede parecer poco, pero subiendo un puerto a una velocidad media de 12km. por hora, representa una ventaja de dos minutos). Desaparecieron el Orlando y el Miquel en la persecución y, hacia la mitad de la ascensión, adelantamos al Monsó que subía al tran, tran. Un último relevo del Quiroga faltando algo más de un kilómetro para coronar, propició que alcanzáramos al Diego poco antes de la cima.

El almuerzo tuvo lugar en el bar Casal d’Ullastrell y quiero resaltar que los «Serranitos», que ofrecían en la carta, a base de pimiento verde, lomo y jamón, que lo sirvieron calentidos estaban de lo mas suculento y sabrosos. Me los apunto para la próxima ocasión.

La ruta de regreso estaba programada por Castellbisbal y Molins de Rei, con Santa Creu d’Olorde, como ruta opcional. Pero a propuesta del Capi, Seve y contando con el consenso de la mayoría, se acordó modificarla y se reprogramó por Terrassa, Rubí, Sant. Cugat, Valldoreix y Vallvidrera. Una ruta que, al Señor Cinto en particular, le encanta, pero que en esta ocasión, en Rubí tuvo que abandonar el grupo por compromisos familiares.

Pues acabamos nuestro ágape reponedor de fuerzas (ya sabéis; bocatas, vino, gaseosa, coca cola cafeses…etc) y, tras la foto de familia de rigor, por diversas circunstancias, el grupo se fue mermando: Se despidió el Miquel para no llegar tarde al partido del Español, el club de sus amores. El Bartolo se fue a su aire, y después de los  tres kilómetros de calentamiento hasta el cruce de Los Once, se despidieron el Orlando, Diego y Nicolás para continuar hacia Castellbisbal. Pero procedente de Quién sabe donde, apareció el Marc Ortega que se unió al  grupo o lo que quedqaba de él, Seve, Perona, Monsó, Oscar el Capo, Marcial y el Señor Cinto.  Después de doce kilómetros de descenso hasta Rubí, como queda explicado anteriormente, el Señor Cinto, también abandonó el grupo por compromisos familiares.

Y hasta aquí es lo que puedo explicar en la crónica de la última excursión, mis querido/as amigo/as. Imagino que esta semana no hubo las consabidas birras en La Bodeguilla, puesto que la rediseñada, ruta de regreso no pasaba por Molins de Rei. Otra excursión más para recordar, sobre todo por los «Serranitos», del bar Casal d’Ullastrell.

No olvidéis que, por cese de la actividad, BICICLETAS MARCO, de la calle Renclusa, 50, de l’Hospitalet, ofrece un 20% de descuento en bicicletas de carretera y de niño y de  BTT, y en recambios, componentes, ropa zapatillas, etc. la tienda permanece abierta todos lunes, miércoles y viernes, no festivos.

Un saludo.

Cinto (el Señor)

NOCHE DE DIFUNTOS

 Acabado de cenar, se levantó de la silla y se embozó en su capa negra acariciándola con mimo. Le daba una gran prestancia y se sentía orgulloso de ella. La compró en Madrid en uno de aquellos viajes de “negocios” en los que dilapidaba su fortuna, mermada ya por años de juergas y desenfrenos. Le había costado más de cien reales. El paño, importado de Inglaterra, le dijeron en la tienda, era del mejor, fuerte y resistente y en el pueblo, amigos y conocidos de su estatus social, la envidiaban. Alguien como él, descendiente de antepasados de gran linaje y rancio abolengo, debía de destacar y tanto por su porte como por su ropa, era su obligación de estar a la altura de las circunstancias. Debajo de la capa vestía un traje marrón, también del mejor paño, con un chaleco cruzado por una cadena de oro macizo de veintiún quilates, que sujetaba un reloj de bolsillo con la esfera, también de oro, en cuatro colores. Los botines, limpios y relucientes, estaban hechos de piel de buey, concretamente del lomo del animal y según le dijeron, sólo se hacían un par de ellos por cada animal que se sacrificaba. Gabina, mujer menuda y enjuta, de ojos verdes y expresión vivaz, le siguió hasta la puerta, como era su costumbre.

—¿Volverás tarde?

—¿Siempre has de seguirme?

Dando un sordo rezongo como respuesta, salió a la calle. La noche se presentaba fría y oscura. Consultó su reloj; las diez. Arrebujándose en la capa, se dirigió, como todas las noches, al casino a echar su partida de brisca, pero aquella noche además de jugar a las cartas, iba a ganar mil reales en una apuesta. Con paso lento fue caminando por el empedrado de las callejas en penumbra, desiertas ya aquella hora de la noche. Un eterno y lejano tañido de campanas, le vino a recordar que era noche de difuntos. Al llegar a la Plaza Mayor se detuvo frente al estanque que había en el centro de la misma. Una burlona sonrisa se dibujó en su rostro al recordar cómo arrojó al agua a Gabina, aquella noche que, regresando él del casino, se le apareció cubierta con una sábana con intención de asustarle ¡Qué pocas mientes! Continuó caminando y al llegar a la calle del Cristo le pareció ver una sombra, como si alguien estuviera aguardando en un portal.

—¿¡Quién va!? —Gritó deteniéndose un instante. Nada. Tan sólo el lejano tañido de la campana como única respuesta.

—¿¡Quién anda ahí!? —Volvió a gritar. De nuevo silencio. Reanudó su marcha dando un suspiro, quizá el resplandor de las llamas de las palmatorias que iluminaban la pequeña capillita del Cristo, le habían engañado. Recordó que allí mismo, hacía ya algunos años, precisamente en noche de difuntos, murió una joven a manos de un mozo del pueblo. El mozo llevaba más de dos años festejándola, pero la moza le abandonó para correr en pos del hijo, único heredero, de un acaudalado terrateniente. Escondido en aquel portal, el mozo esperó a que la chica regresara de su encuentro con el amante. Despechado le asestó una puñalada en el corazón. Arrepentido de lo que había hecho se entregó a la justicia, pero su arrepentimiento espontáneo no evitó que le dieran garrote.  Desde entonces según la conseja que se contaba en el pueblo, todos los años, en noche de difuntos, el alma de la desdichada joven vagaba por el pueblo en busca de la  de su asesino para reprocharle su proceder.

Llegó al casino y se detuvo un instante en el quicio de la puerta atusándose sus grandes y retorcidos bigotes. Aquella noche el local estaba menos animado de lo habitual. Era tradición que, en noche de difuntos, las familias se reuniesen en sus casas, alrededor de la lumbre para comer castañas tostadas y boniatos asados, y beber moscatel, mientras contaban leyendas de muertos que se aparecían a sus deudos o que resucitaban, y de ánimas en pena que vagaban en busca del descanso eterno.

Una gran estufa de leña ardía en el centro del local, aun así, el ambiente se notaba frío y apagado. Los pocos clientes que lo habitaban hablaban en voz baja, como temiendo molestar a alguien invisible que estuviera observándoles.

En una de las mesas esperando a Miguel, se encontraban don Alonso, el ganadero, propietario del más grande rebaño de ovejas de la comarca, cuidado por cuatro pastores -un mayoral y tres zagales-,  don Francisco el alcalde, don Julián, médico del pueblo y jugador empedernido y el Agustín, dueño como él, de diversas fincas, la mayoría de las cuales, las daba en arriendo para que fueran otros quienes las trabajaran, y de los que cobraba un porcentaje por los beneficios que obtenían. Eran sus compañeros de partida y alguno se ellos, también de correrías

—Salud, amigos

—Salud Miguel —saludaron los cuatro al unísono.

—Bien, ya estamos todos, por fin podremos empezar—dijo don Julián

—Tengo algo para ti Miguel —dijo el Agustín.

—Sí, supongo que te refieres a la argolla y al machaco.

—¿Qué, tienes ya los mil reales preparados? —preguntó don Alonso.

—¿Y vosotros? ¿no creeréis ni en un tris que vaya a perder la apuesta.

—Mira, Miguel, que en noche de difuntos no se puede andar provocando a los muertos —dijo el Agustín en tono de advertimiento.

—¡Bah! —replicó con desprecio —los muertos, muertos están y yo no conozco a nadie que haya vuelto de allá.

—¿Y si quien tú sabes volviera para vengarse de ti? —preguntó don Francisco en tono misterioso.

Por primera vez Miguel, sintió un ligero escalofrío recorriendo su espalda. Hacía más de veinte años, teniendo él veintitantos, durante las fiestas del pueblo, mató a un mozo, vecino de un pueblo cercano, de un golpe de garrocha. Gracias al dinero y a las influencias, su familia pudo mitigar la gravedad del delito y alegando defensa propia, Miguel salió libre del trance. A pesar del escalofrío que recorrió su cuerpo, se rehízo al instante y fingiendo no haberse inmutado replicó;    

—De haberse querido vengar, tiempo ha tenido para ello, pero como de allí nadie vuelve… —apostilló.

—¡Queréis dejaros de muertos de una vez y empezar la partida! —profirió don Julián casi gritando de impaciencia.

—¿Cómo sabremos si Miguel reta a los difuntos mientras clava la argolla —preguntó Alonso dirigiéndose a sus compañeros.

—¡Miguel palabrazas es hombre de honor! —replicó—. ¿Acaso alguno de vosotros duda de mi palabra? Si alguien duda de mi palabra que retire sus cuartos de la apuesta —sentenció.

—No, no, Miguel —respondieron al unísono— ¿Cómo vamos a dudar de ti? —se apresuró a rectificar Alonso— sólo era un comentario.

—Pues cuida bien de tus comentarios —replicó en tono bravucón— porque según sean pueden ofender.

—Bueno, bueno, dejemos esto y centrémonos en la partida —intervino don Julián — ¿Quién reparte?

CONTINUARÁ

Pues señoras y señores, el campeonato de excursionismo está llegando a su fin con un virtual vencedor. En efecto, esta temporada, a falta de dos excursiones puntuables (la del próximo domingo día 23 y la del día 30), el premio a la constancia se lo va a llevar nuestro capitán de excursionismo, amigo y gran compañero, Severiano Izquierdo. Nuestro querido Seve, primero de la general cuenta 87 puntos; 9 puntos de ventaja sobre el segundo clasificado, el Señor Cinto que cuenta con 78, y que en el caso de que fallara las dos últimas excursiones y el Perona, tercer clasificado, y el Nico, cuarto no fallaran, se vería superado por ambos.

En lo que sí se vio superado el Señor Cinto, fue en la ascensión a la Creu d’Aregall. Tentado estuvo de ir por Martorell, y esperar al grupo en la rotonda del reagrupamiento de la carretera de Gelida, cruce con la de la Creu d’Aregall (ya lo hizo en una ocasión y no le fue mal). En fin, el tema es que la edad no perdona y «en frio», me cuesta un mogollón coger el ritmo y hasta pasado Corbera de Dalt, las pasé canutas (para qué voy a decir una cosa por otra).

Los participantes a la excursión, de izquierda a derecha tal como aparecen en la foto de familia, fueron; Perona, Diego, Monsó, Fede, Seve, Orlando, Sergi, Antonio (amigo del Sergi), Nicolás (nuevo en la plaza, amigo del Diego), más el Señor Cinto que tomó la Foto y por tal motivo no aparece, y el Nico, que nos abandonó sin almorzar, para irse a Amposta, ademmás de un amigo del Fede, que, al llegar a la rotonda del reagrupamiento, abandonó el grupo diciendo que ya tenía suficiente.

La historia de la ascensión fue la siguiente.

Con el Nico marcando elm ritmo en cabeza, el grupo se disgregó muy pronto. Antes de llegar a la Palma, se formó el cuarteto de la muerte con el Nico, el Orlando, el Diego y su amigo Nicolás. Por detrás quedaron los tres caballeros, Seve, Perona y Señor Cinto. El Monsó, el Fede y su amigo Juan (creo que se llama), circulaban por delante al tran, tran.

Sobre el kilómetro cuatro de ascensión, aproximadamente, siempre con el cuarteto del Nico por delante, alcanzamos al Fede en compañía de su amigo Juan. Se quedaron el Seve y el Perona a esperarlos, mientras el Señor Cinto, arrepintiéndose de no haber tomado la opción de Martorell y carretera de Gelida, continuaba a su ritmo con más pena que gloria. Y así hasta llegar hasta la altura del hotel Fisa, lugar en el que estaban parados el Diego y su amigo Nicolás los cuales, supongo, se habrían descolgado del Nico y el Orlando. El Señor Cinto, dispuesto a tomar el atajo que pasa por delante de su domicilio, les indicó que podían seguir ese atajo. No lo hicieron y continuaron por la carretera.

Nos reagrupamos en el alto de la Creu d’Aregall, donde nos esperaban el Monsó, el Sergi y su amigo Antonio, y descendimos hacia Gelida con alguna precaución, dado que algunos tramos de la carretera conservaban la humedad del relente de la noche.

Tras un breve reagrupamiento en la rotonda de Gelida, para comprobar que nadie había sufrido percance alguno, arrancamos de nuevo; pero lo que parecía iba a ser un apacible paseo de seis kilómetros hasta la Casa Blanca, con el Nico de nuevo tirando en cabeza del grupo, seguirlo se convirtió en una agonía, hasta el punto de que el grupo se fraccionó en dos.

Y llegados al Mesón Suso, donde nos esperaba el Bartolo y bocatas buenos, vino, gaseosa, coca colas, cafeses y foto de familia. La ruta de regreso prometía.

Prometía que ascenderíamos los Once, porque así estaba programada y, aunque hubo ciertos reparos por parte de algunos que preferían regresar por S. Andrés de la Barca y Molins,  la ruta de regreso estaba programada por los Once y el capitán de excursionismo se mantuvo firme (para eso es el capitán, y también para otras cosas), a excepción del Antonio por estar en baja forma, y del Diego que tuvo que darse la vuelta porque perdió a su amigo Nicolás, en la batalla de Gelida a Martorell, el resto apechugamos y cumplimos con la ruta programada.

Pero antes de había que cubrir el tramo de doce kilómetros que nos separaban de Martorell, se rodó con moderación hasta Gelida, donde nos alcanzó un grupo bastante numeroso inmerso en una batalla, a la que nos integramos haciéndoles que  tiraran a muertes (ellos delante de nosotros), hasta Martorell.

Reagrupados de nuevo pasado Martorell al comienzo de los Once, el grupo mermado por las deserciones, en un exiguo sexteto, quedó compuesto por el Seve, el Sergi, el Orlando, el Monsó, el Perona y el Señor Cinto. Se adelantó el Sergi unos doscientos metros en la arrancada y antes del primer kilómetro se le unió el Perona. Mientras el Monsó, ascendía al tran, tran, el Señor Cinto (esta vez ya iba más que caliente, calentito) encabezó el trio, compuesto por él mismo, más el Seve y el Orlando, con intención de dar alcance al dúo delantero Sergi y Perona.  Siete kilómetros de vana persecución, puesto que la distancia entre el trío y el dúo se mantuvo hasta el mismo cruce de Castellbisbal. Una magnifica ascensión del Sergi, que, aun ayudado por el Perona, nos demostró ser también un buen escalador en la media montaña.

Y después del esfuerzo de la ascensión, vino el premio de los nueve kilómetros, de plácido descenso hasta la carretera de Rubí más los cinco de llano, hasta La Bodeguilla, donde el sexteto brindamos con unas birras y nos deseamos salud para poder disfrutar de muchas excursiones como la de este día.

Y nada más, mis querido/as amigos y amigas; recordaros una vez más que por cese de la actividad BICICLETAS MARCO, de la calle Renclusa, 50, de l’Hospitalet, ofrece un 20% de descuento en todos sus artículos en existencia; bicicletas de carretera, infantiles y BTT, ropa, accesorios y recambios. Aprovechad esta gran oportunidad.

Hasta pronto un abrazo a «todes»

Cinto (el Señor Cinto).

Al entrar en el aula un profesor de matemáticas, encontró sobre su mesa una nota que contenía una sola palabra “imbécil”

El profesor dirigiéndose a sus alumnos se refirió a la nota diciendo: “Conozco muchos ejemplos de algunos que escriben cartas y se olvidan de firmarlas, pero este es el primer caso de alguien que pone su nombre y se olvida de escribir la carta”.

MÁXIMO CONFORT

 Escuché el bloom de la puerta metálica que cerraba mi nueva morada. Luego el característico diapasón de la mirilla deslizándose sobre sus guías; sssecs, Ahí estarían observándome, impasibles, los ojos de uno de mis carceleros. Unos segundos después de nuevo el sssecss de la mirilla, esta vez en sentido contrario. Observé el entorno; magnífico, tenía asegurado el máximo confort. A la derecha un lavabo y un inodoro sin tapa, pero con la cisterna de mochila, como los más modernos. Casi nada. En el lavabo había una toalla y una gran pastilla de jabón que, como suele hacer todo quisque, tomé con ambas manos y olí. Olor a jabón de sosa. Comprobé la altura del lavabo. Poniéndome de puntillas, podría incluso lavarme mis partes más íntimas; perfecto, tenía asegurada la higiene personal. En medio de la sala, a la que daba luz una bombilla desnuda colgada del techo, había una banqueta de madera. En la pared de la izquierda, el dormitorio compuesto por un banco hecho de obra de unos cincuenta centímetros de alto por otros tantos de ancho y que alcanzaba de una pared a la otra. En total cerca de un metro y ochenta centímetros de largo. Aquí por lo menos podría dormir con las piernas totalmente estiradas, no como en la celda en la que estuve en prisión preventiva que tuve que dormir encogido. En cima del banco una colchoneta de borra, una almohada –a saber, de qué estaba rellena–, dos sábanas perfectamente amarillentas las cuales, supuse, deberían estar limpias, y un par de mantas. Un ajuar completo.

Un enorme ventanal que, según calculé, debería tener unos cincuenta centímetros de largo, por cuarenta de ancho, con tres sólidos barrotes, se hallaba situado a considerable altura sobre la cabecera de lo que iba a ser mi lecho. Aparté sábanas, mantas, almohada y colchoneta y me subí al banco para comprobar la vista que, intuía, se podría admirar desde semejante atalaya. Efectivamente, me puse de puntillas y agarrándome a los barrotes, me asomé por aquel espléndido ventanal, y observé un gran pedazo de cielo azul, limpio, inmaculado. Entonces pensé que, como el ventanal estaba orientado hacia el sureste, en verano los rayos del sol entrarían a raudales. Sí, era toda una suerte. Una vez comprobado esto, pasé revista al resto de mi chalet. Tanto el suelo como las paredes estaban húmedos, pero no me preocupó. Teniendo en cuenta que una de las paredes estaba orientada hacia el sureste, en pleno verano el calor podría alcanzar treinta grados o más. Seguro que aquella humedad que rezumaban el suelo y las paredes refrescaría el ambiente haciéndolo incluso agradable. Dando unas zancadas recorrí el espacio de punta a punta. Unos cuatro metros de largo, calculé. ¡Si hasta podría patinar! Si alguien desde el exterior pudiera proporcionarme unos patines, sería estupendo: cuatro metros de ida y cuatro de vuelta, en total ocho metros. Si los recorría diez veces serían ochenta metros y si los recorría ciento veinticinco veces, sería un kilómetro. Aquello me mantendría en una forma excelente para cuando saliera. Luego me puse a observar los grafitis. Los había por todas partes, incluso en el techo, cosa que me sorprendió porque la altura de aquel palacete era bastante considerable y me pregunté cómo era posible que alguien hubiera podido escribir allá arriba. Naturalmente la mayoría de ellos maldecían a Franco, no en vano allí era donde nos encerraban a los presos políticos; así podía leer algunos como por ejemplo; Viva Franco pocos días. Viva Franco muerto. Aquí estuvo un tal Vidal que lo pasó fatal y le metieron al chiquero por ser un politiquero, o sea, que podría leer y releer aquellos cientos de grafitis que, seguro, me iban a proporcionar una distracción extra. Y también me quedaba otra diversión; la mirilla; cada vez que escuchara el característico sssecsss, podría ver unos ojos mirándome impasibles. Maravilloso espectáculo.

        En definitiva, aquel pobre juez del Tribunal de Orden Público que me condenó por liderar una manifestación reclamando libertades políticas, ignoraba que ni él ni aquella tan dictada res pública, serían capaces de privarme de mi auténtica libertad; la de disfrutar de mi rica vida interior.  

FIN

Cinto

Hola mis querido/as amigo/as; de nuevo con vosotros/as para contaros lo que fue la excursión del domingo pasado a Hostalets de Pierola. Empezaré diciendo que, acostumbrados a participaciones exiguas de entre seis u ocho Velos, tendremos que congratularnos de que, en esta ocasión, el número de participantes se viera incrementado, nada menos que a once si incluimos al, siempre agónico Pibe, que nos acompañó hasta el reagrupamiento en la rotonda de Piera.

Para nombrar a los participantes, que suelo hacerlo siempre tal como acuden a mi mente, en esta ocasión lo haré empezando por el que se ha convertido por derecho propio, en el Capo de las rutas del Velo; el Oscar (más que nada porque hoy por hoy, no hay ningún «gallito» que sea capaz de aguantar su rueda muchos kilómetros. (Y que nadie se ofenda). Pues además del Capo, tuvimos la sorpresa de que, en el Congost, se nos uniera el, ahora «graveliano» Pastillas, pero las sorpresas no acabaron ahí, porque en la rotonda del reagrupamiento de Piera, nos esperaba el, siempre «inefable», Bartolo, además del Monsó y el Miquel, el cual no estuvo en la partida del principio. En definitiva y para no hacernos líos, los participantes fuimos; el Capo, el Sergi, Perona, Quiroga, Seve, Orlando, Miquel, Monsó, Bartolo, el señor Cinto y el Pibe que, como queda explicado, estuvo al principio de la partida, pero nos abandonó en Piera.

Me uní al grupo en Molins de Rei y tomamos dirección Rubí, pero antes del primer repecho, con el Capo en cabeza del grupo, este se fraccionó antes del primer repecho, quedando delante un trío compuesto por el Capo, el Orlando y el Seve.  Aunque en esta ocasión, fue el señor Cinto el que se cortó, no por falta de fuerzas, sino por vagancia o por desidia o porque en frío ando menos que San Patrás.

Cortados el Perona, el Sergi, el Quiroga y el Señor Cinto, fue el Sergi, del que no me cansaré en decir que es un buen rodador, quien se encargó de ponerse delante del grupo de los «cortados» y llevarnos a su rueda como en «carroza de plata», hasta el trío de cabeza al que alcanzamos en la carretera de la Ferralla.

Reagrupados en el Congost, llegaron el grupo de los «gravelianos o gravelinos»,(una de esas dos palabras debería de convertirse en el sustantivo que definiese a los practicantes del gravel), capitaneados por nuestro viejo amigo y conocido, Pere Arajol, con el Pastillas entre ellos, el cual, como queda explicado, se unió a nuestro grupo.

Arrancó el Sergi, al tran, tran, mientras el resto esperamos a que el Seve pudiera solucionar una ligera anomalía en el cambio de marchas, pero el problema no tuvo solución, puesto que la citada anomalía era un problema en el montaje de las roldanas, no obstante, no fue óbice (esta palabreja forma parte del lenguaje procesal), que le impidiera continuar.

Fue el señor Cinto el segundo en arrancar después de varios minutos de que lo hiciera el Sergi, cogió su marcheta y, no sé si por desidia de los demás, a excepción del Capo y del Orlando, o porque el resto arrancaron más tarde, después de haber recorrido un par de kilómetros por la, siempre ascendente carretera de Martorell a Piera, le avisó el Capo de que había abierto brecha, pero, con sinceridad diré que no era su intención hacerlo.

Formado, pues, el trío; Capo, Orlando, Señor Cinto, con el Capo marcando el ritmo, a la altura de la rotonda de San Esteve de Sesrrovires, y visto que el Capo empezaba a sacar de punto al personal, decidió el Señor Cinto soltarse y regular su ritmo para que le resultara más cómodo. Poco después, arrancándole las pegatinas de su bici prestada, le pasaron como una exhalación, el Pastillas y el Pibe. Por detrás sólo quedaban el Seve, el Perona y el Quiroga los cuales pensó él señor Cinto, que no tardarían en alcanzarle. Pero no fue así porque se acopló a la providencial rueda de un compi que le adelantó a un ritmo muy asequible, que el llevó (es un decir, aquí nadie lleva a nadie) cómodamente (también es un decir) hasta el cruce de la carretera que se toma para ir a Sant Llorenç d’Hortons. Supongo e imagino que si el trío; Seve, Perona, Quiroga, no me alcanzaron fue gracias a los cinco o seis kilómetros que el mencionado compi me llevó a su rueda. Ignoro el orden de llegada a la rotonda del reagrupamiento, pero es fácil de imaginar que el primero debió de ser el Capo; ¿Alguien lo duda?

Reagrupados y complacidos con la presencia del Bartolo el Monsó y el Miquel y, que nos abandonara el Pibe, sólo nos faltaba cubrir tres kilómetros hasta nuestro objetivo, que no era otro mas que el Casal Catalá de Pierola en busca del ansiado condumio. Sin embaro, una vez allí ¡Oh! Decepción; el citado casal estaba cerrado (ya el sábado estuvo nuestro capitán llamando para reservar mesa, sin obtener repuesta). Pero no nos desanimamos por tan poca cosa, puesto que, a no más de cien metros, en la misma calle, el Perona descubrió un restaurante que supusimos hace poco que lo deben haber abierto porque nunca habíamos reparado en él. Preguntamos a un muchacho que andaba preparando mesas si podrían servir almuerzos para el grupo de diez y nos respondió afirmativamente (creo que casi nos estiraba del brazo para que entráramos). El caso es que el servicio fue eficaz, o sea, rápido y sin esperas, lo cual siempre es de agradecer, pero lo más sorprendente fue el precio de la consumición, pues acostumbrados a pagar entre ocho y nueve euros, por eso de la inflación, nos cobraron tan sólo seis. Habrá que volver, aunque lo hagamos por diferentes rutas.

Terminado nuestro ágape reponedor, tomamos la acostumbrada foto de familia y, como el terreno de la ruta de regreso, era favorable para rodar en grupo, con paz y con santa unión, llegamos juntos hasta el repecho  (corto, pero durito), que da acceso a la carretera de Gelida, frente al cementerio para más señas, donde el grupo se disgregó ligeramente.

Nos volvimos a reagrupar en la rotonda que da acceso a la carretera de Corbera, Desde ese punto de la ruta, hasta Martorell, menos de diez kilómetros de suave descenso, un tramo que invita rodar fuerte y que, casi siempre se presta a la batalla. En esta ocasión, con el Capo desatado, fueron el Perona y el Señor Cinto, los que pudieron aguantar a su rueda, hasta Martorell.

Nuevo reagrupamiento en el Congost y, al tran, tran, hasta Molins de Rei, unos directos a la Bodeguilla (Seve, Quiroga, Sergi, Orlando y el Señor Cinto), los demás, cada oveja con su pareja.

Y esto es todo lo que, más o menos, dio de sí esta bonita excursión a Hostalets de Pierola, otra más para contar y guardar en nuestro recuerdo. Pero antes de despedirme, quiero recordaros una vez más que BIBCLETAS MARCO, de la calle Renclusa, 50 de l’Hospitalet, por cese de la actividad, hace liquidación y ofrece un 20% de descuento en todos los artículos en existencia; bicicletas de carretera Y BTT, para niños y adultos, ropa, recambios y componentes. La tienda permanece abierta todos los lunes, miércoles y viernes no festivos.,

Hasta la próxima, un abrazo a todo/as o a «todes», para al que le guste más.

Cinto (el Señor)

LA SOMBRA DE TORQUEMADA

         —¿Eminencia?

         —¿Quién anda ahí?

         —¿Dormís eminencia?

         —No, todavía el sueño no me ha alcanzado. Meditaba, pero ¿quién es quien me habla?

        —Soy yo eminencia, vuestra sombra.

        —¿Mi sombra? Ave María Purísima ¿Estaré soñando?

        —Sin pecado concebida. No eminencia, no soñáis. Es vuestra sombra quien os habla.

        —Oh, sí, ya os veo. Y ¿cómo es posible que tengáis la facultad de la palabra siendo sólo una sombra?

        —¿Subestimáis a Dios eminencia? Vos mismo habéis verbalizado miles de veces que sus caminos son misteriosos e inescrutables.

        —¿Y qué importante asunto os lleva a dirigiros a mí?

        —Vais a morir eminencia.

        —¿Voy a morir decís?

        —Sí eminencia, vais a morir y deberíais arrepentiros de vuestros pecados.

        —Mi conciencia está en paz, nada tengo de qué arrepentirme, no le temo a la muerte.

        —¿Seguro que vuestra conciencia está paz? Deberíais hacer memoria.

        —Nada hay en mi conciencia que deba de recordar. Perenemente he estado al servicio de Dios y de la Iglesia. Siempre he observado una vida ejemplar.

        —¿Y qué me decís del proceso de Logroño?

        —Nada tengo que decir. Bien sabéis que fue un proceso del Santo Oficio en el cual yo no intervine.

        —¿Olvidáis vuestro cargo de Inquisidor General?  Doce vecinas de Zugarramurdi, condenadas a morir en la hoguera. Las acusaciones se basaron en su mayor parte, en testimonios nada fiables.

        —¿Y vos, sombra; olvidáis que fue Juan de Mogastón quien publicó la relación de las personas que habían de personarse en el Auto de Fe?

        —Sí, claro, una lista escrita bajo vuestros dictados.

        —Nada tuve que ver yo en esa lista

        —Vos sugeristeis a Juan de Mogastón que incluyera en esa lista a Lucinda de Monforte. ¿Recordáis ese nombre? Vos la acusasteis como sospechosa de prácticas satánicas.

        —Me limité a cumplir con lo que mi cargo me exigía.

        —¿Y teníais alguna prueba de vuestra acusación?

        —¿Olvidáis su propia confesión?

        —Vuestro cinismo es sorprendente. Una niña de dieciséis años sometida a las torturas más abyectas que el ser humano pudiese imaginar. ¿Os parecen justos vuestros métodos de confesión?

        —¿Por qué me culpáis a mí? No fui yo quien ordenó que se la torturara. La orden partió del Tribunal del Santo Oficio

         —Pero vos sabíais que se le aplicaría tortura y que no podría soportar tal sufrimiento.

        —¿Ignoráis que los inocentes resisten a la tortura? Lucinda de Monforte no resistió, señal inequívoca de su culpabilidad.

        —Pero después de su confesión vos ordenasteis que se le arrancara la lengua. ¿Qué clase de temor podía embargaros habiéndose declarado culpable?

        —Ninguno, no fui yo quien dio esa orden. Fue decisión del Alto Tribunal.

        —Un tribunal manejado por vos. Cómo me defraudáis, Torquemada. Vos, el Inquisidor General, pronto a morir, no sois capaces de confesar vuestros pecados.

         —Y vos sombra, ¿cómo sabéis que estoy pronto a morir?

         —Ya os dije, como bien sabéis, que los caminos de Dios son inescrutables. Os estoy ofreciendo una oportunidad de arrepentimiento. Aprovechadla, ahora que estáis a tiempo.

         —Nada tengo de que arrepentirme; Lucinda Monforte con sus artimañas me demostró que servía al diablo. Se mereció morir en la hoguera.

          —¿Os lo demostró? ¿A vos precisamente?

         —Sí; Lucinda de Monforte con su blanca y delicada piel, su diabólica belleza, las formas de su cuerpo… llevaba consigo al diablo tentador. Yo, Tomás de Torquemada, confesor de su Majestad Isabel, con una vida entregada a Dios y a la oración, sucumbí al demonio cometiendo el pecado más abyecto que en mi condición pueda incurrir; el pecado de la lujuria.

         —La preñasteis, eminencia. Por eso mandasteis que le arrancaran la lengua. Para que no os delatara. ¿Habéis olvidado la mirada de súplica que os dirigió cuando dictaron sentencia?

         —¡Dejadme en paz, maldita sombra! No deseo seguir escuchándoos

         —No podréis libraros de mí tan fácilmente. Pensad que allí donde estéis siempre os acompañaré.

         —Os equivocáis, basta con que apague los candelabros para haceros desaparecer y eso es lo que voy a hacer.

         —¿Eminencia?

         —¿Cómo, aún estáis ahí?

         —Os habéis olvidado del resplandor del fuego de la chimenea.

         —En ese caso apagaré también el fuego de la chimenea. ¡Eh! ¿qué es esto? ¡Mi sotana está prendiendo! ¡Me caigo, aggg, no puedo levantarme! ¡Oh, dios misericordioso, estoy ardiendo!

         Y de Torquemada no quedó ni su sombra.

 FIN

PERFIL RUTA EXCURSIÓN A PIEROLA 
SALIDA; 8h, Mercado de Collblanc; 8.10, RotondA 10 X 10
RUTA DE IDA, St. Just, Molins de Rei, Martorell, La Beguda Baixa, Hostalets de Pierola
RUTA DE REGRESO; St. Llorenç d'Hortons, Martorell, St. Andreu de la Barca, Molis de Rei, La Bodeguilla.

PERFIL RUTA EXCURSIÓN A PIEROLA
SALIDA; 8h, Mercado de Collblanc; 8.10, RotondA 10 X 10
RUTA DE IDA, St. Just, Molins de Rei, Martorell, La Beguda Baixa, Hostalets de Pierola
RUTA DE REGRESO; St. Llorenç d'Hortons, Martorell, St. Andreu de la Barca, Molis de Rei, La Bodeguilla.

LA CRÓNICA

Formamos un grupo de ocho Velos los que participamos en la excursión a Ca la Kati de San Martí Sarroca. Pero el Nico no estuvo entre nosotros. Se fue a Mollet del Vallés a participar en la marcha cicloturista Memorial, Pelegrí Pi; todo un ejemplo de ciclista veterano, nacido en el año 1909, que un servidor tuvo el honor de conocer personalmente en la década de los 70, y del que a continuación me honro en publicar una breve historia de su dilatada carrera de ciclista.

Pelegrí Pi Monrós nació el 30 de noviembre de 1909 en Mollet del Vallés. A la edad de 10 años empezó a practicar ciclismo alquilando una bicicleta. En su primera carrera de aficionados celebrada en Montcada, obtuvo la primera posición.

Continuó practicando ciclismo en diferentes carreras organizadas en gran número de poblaciones de toda Cataluña, resaltando la carrera que se organizó con motivo de la Exposición Internacional de Barcelona en 1929, con un recorrido de 240 km.

Pero los éxitos de este ilustre molletense se hicieron esperar hasta el año 1936 en la participación de la Vuelta Cataluña. Nuevamente y después del periodo de la guerra civil española, Pelegrí Pi volvía a las competiciones ciclistas y fue en 1952-53 y en la categoría de veteranos consiguió un gran número de triunfos, obteniendo los sub-campeonatos de Barcelona, Cataluña, y de España en la edad comprendida a partir de los cuarenta años.

El año 1968 la participación de Pelegrí Pi volvía a ser sinónimo de triunfo, consiguiendo en 1970 el subcampeonato del Grupo «B».En 1971 empezó a participar en el Grupo «C» donde consiguió el triunfo en los campeonatos de Barcelona, Cataluña, y de España que conservó en 19

Pero fue a partir del año 1980 cuando Pelegrí Pi obtenía su primer triunfo internacional, concretamente en los Campeonatos de Europa celebrados en la ciudad belga de La Roche, donde ganó este campeonato.
En 1981 llegó al que mencionábamos a primeros de este resumen de su larga vida deportiva, ganando en la edad de 72 años el Campeonato del Mundo de Veteranos en St. Johan Tirol (Austria), título que conseguiría posteriormente en dos ediciones del Campeonato del Mundo, concretamente en los años 1984 y 1985 demostrando ser el auténtico rey del ciclismo mundial en su categoría.

Es triste morir en accidente y si más con sus facultades físicas y mentales, pero él tuvo la suerte de morir practicando el deporte que más quería, el ciclismo, una muerte que le vino el día 1 de noviembre de 1988.
Y así es como nació la primera marcha en honor de este gran hombre y manteniendo su nombre en la actualidad.

(Esta breve historia no está basada en un trabajo de investigación, me he limitado a hacer un copia y pega)

Volviendo a la excursión del pasado domingo A Ca la Kati, decía que el grupo estuvo formado por ocho Velos a saber; Perona, Oscar, Quiroga, Sergi Alcaraz, Sergi (pibe), Marcial, Seve y el «señor Cinto». Me uní al pelotoncito de siete en Molins de Rei y ascendimos en grupo hasta después de Vallirana cuando nos pasaron dos compis. A partir de ese punto el Oscar, que imagino debería de estar aburriéndose, se fue en busca de ellos seguido por el Pibe. Pronto alcanzaron a uno, mientras que el otro, muy por debajo de su compañero, fue rebasado por los seis Velos que seguíamos ascendiendo a nuestro ritmo.

Llegamos a las eses y el «señor Cinto», que parece estar en buena forma, subió el ritmo un puntito y, con el Quiroga pegado a su rueda, se fueron distanciado poco a poco del Seve, que, con algunas molestias estomacales no andaba nada fino, el Marcial, Perona y Sergi. Mientras que por delante veíamos al Pibe persiguiendo al Oscar y el compi que nos había adelantado.

Coronamos el puerto (no le pregunté al Oscar si le metió plaka, plaka, al compi, aunque imagino que sí), y después de reagruparnos en lugar de costumbre, arrancamos dispuestos a gozar de los quince kilómetros del rápido descenso, hasta Vilafranca como un premio al esfuerzo hecho en la dura ascensión al Ordal,

Los últimos diez kilómetros desde Vilafranca, que restaban hasta el restaurante Ca la Kati, fueron cubiertos con paz y amor, a excepción de algún tirón del siempre agónico, Pibe y de un esprint en el repecho de los últimos quinientos metros, al que se sumó el Perona.

Dispuestos a saciar nuestro voraz apetito, nos aposentamos en las mesas que teníamos reservadas para tal menester, pero después de un tiempo de espera, que no sabría precisar, empezamos a impacientarnos por la tardanza en ser atendidos, hasta que, por fin, vino una gentil camarera que, tomó nota de la comanda de los bocatas y las bebidas. A partir de ese momento, el servicio fue tan rápido que quedó compensada nuestra impaciente espera.

Colmada y satisfecha nuestra gazuza*, –sin ofender– (Gazuza, voz catalana se refiere al hambre canina que sienten los animales de presa), tomamos la inevitable foto de familia y nos dispusimos a cubrir los cincuenta y cinco kilómetros que nos separaban de La Bodeguilla, que discurrían por La Rovira Roja, Guardiola de Fontrubí, El Plà del Penedés, St. Sadurní d’Anoia, Gelida, Martorell, St. Andreu de la Barca, Pallejà y Molins de Rei. Un trayecto en el no hubo lugar para el aburrimiento; primero con el Sergi en cabeza, que en su terreno es capaz de poner en fila al grupo, luego con el «señor Cinto», hasta St. Sadurní.

Cuando llegamos a Gelida, sabiendo que la fuente habitual en la que llenábamos los bidones, está seca, conducidos por nuestro capitán, Seve, paramos un momento en la FONT DE CANTILLEPA, dispuestos a llenarlos en la citada fuente, pero renunciamos ipso facto, al comprobar la acrobática postura (ver foto), que debíamos adoptar para tal menester, al margen de que en dicha fuente hay un aviso de agua no apta para el consumo. Sin embargo, al «señor Cinto», persona de letras, se le quedaron unos versos que hay escritos debajo del letrero de la fuente:

«Em plau ton cant, fontana,

Amb plors d’argent de música preuada

Recites suament encantada

Un conte de fades»

Puestos en marcha de nuevo, fue el Pibe el que tomando la cabeza del grupo. empezó a tensar, pero no le siguió nadie y esperó. Volvió a tensar y más de lo mismo. Y así varias veces hasta que cesó en su empeño. Llagamos al Congost, hicimos una breve parada para reagruparnos y, directos a La Bodeguilla a celebrar que, quien más, quien menos llegaba con pupa en sus piernas.

Y esto fue todo lo que nos deparó la excursión a Ca la Kati, mis queridos amigos y mis queridas amigas… Po cierto, antes de despedirme quiero hacer un comentario sobre el antiguo artículo neutro.

Hasta hace muy poco se utilizaba el artículo “los” como artículo neutro para definir tanto al género femenino como al masculino conjuntamente. (los amigos, los compañeros, etc.) pero la Real Academia de la Lengua Española (RAE), consideró que este articulo debía de suprimirse como artículo neutro y se debía de utilizar “los” y “las”, por separado para referirse a unos y a otras.  Bien, nada que objetar a esta decisión. Sin embargo, el escritor y periodista, Arturo Pérez, Reverte, miembro de la mencionada RAE, propuso algo que a mí me pareció insólito. La propuesta del señor Pérez Reverte fue que se utilizara la lera "e", para el artículo neutro. Ejemplos; "mis querides amigues, mis compañeres, etc". O sea que, según esta regla cuando saludo desde estas páginas debería escribir; «mis querides Veles», con ello estaría saludando tanto a mis amigos Velos como a mis amigas Velas. De momento, por fortuna la propuesta se quedó en el tintero, pero en el caso de que se aprobara, me suena tan mal que un servidor seguiría utilizando la “a” para el femenino y la “o” para el masculino.

¡Vale! Ya me he enrollado más de la cuenta. Recordad que, BICICLETAS MARCO, de la calle Renclusa, 50, de l’Hospitalet, por cese de la actividad, hace liquidación y ofrece un 20% de descuento en bicicletas de carretera y BTT, ropa, recambios y componentes. No dejéis pasar esta oportunidad.

Un abrazo a "todes" (jajaja) del «Señor Cinto»

EL DESCUBRIMIENTO DE AMÉRICA

(la verdadera historia)

Vamos a tener que dejar esto Cris, el rey sospecha.

 —¿Qué os lleva a pensar así mi señora?

Últimamente me controla y vigila más que nunca y creo que alguna doncella de las que están a mi servicio me espía.

¿Qué podemos hacer pues, mi señora?    

Creo que os voy a mandar a descubrir el nuevo mundo.

¿Cómo? ¿Qué decís? ¿Os habéis vuelto loca, Isabel?

Si; un viajecito por las Mares Océanas con el pretexto de que vais a descubrir nuevas tierras, será la excusa perfecta para apartaros de mí durante una temporada. Esto alejaría las sospechas de mi esposo. Cuando regreséis quizás los ánimos estén más calmados y podamos retomar nuestra relación.

Pero señora, un viaje de esta índole requerirá un gran dispendio de las arcas reales. No poseo barcos ni tripulación alguna ¿Cómo conseguiréis el dinero para sufragar todo lo necesario?

 —¿De cuánto estamos hablando, Cris?

 —De dos o tres millones de maravedíes.

 —¿¡Tanto!?

 —Pensad señora que para una empresa semejante tendría que alquilar mínimo tres naos y luego reclutar tres tripulaciones.

Pero las tripulaciones las podríais reclutar de las listas del paro, aunque sea ofreciendo un sueldo por debajo del salario mínimo, es lo que hace todo el mundo. Siempre os saldría más barato.

De pronto una voz de mujer proveniente del exterior de la alcoba gritó:

—¡Señora, está lloviendo!

¿Mucho?  

—¡A mares!  

¡Oh! Es el rey. Ya os dije que sospecha algo. Debéis marcharos de inmediato Cris, si os encuentra aquí nos encierra a ambos en la mazmorra fría.

La flota compuesta por las naves Pinta, Niña y Santa María- mecíase blandamente en las aguas de la bahía de Palos.

Los preparativos para la expedición habían sido arduos y complicados, pero finalmente todo se halló dispuesto para emprender el incierto periplo. La Santa María, navecapitana, propiedad del navegante Juan de la Cosa, quién iría de maestre, desplazaba apenas 150 toneladas; la Pinta, de Gómez Roscón y Cristóbal Quintero, 115; la Niña, de Juan Niño, 105. Pero allí estaban prontas a adentrase en el incógnito “Mar Tenebroso”

Es el día 2 de agosto de 1492, Cristóbal Colón manda embarcar a toda su gente, y al día siguiente, antes de salir el sol, deja el puerto de Palos. Tres embarcaciones, Pinta, Niña y Santa María; un presupuesto de unos dos millones de maravedíes; y alrededor de 90 hombres, reclutados de las listas del INEM, forman la flota descubridora más trascendental de la historia.

Las tres naos maniobran pesadamente para ponerse en franquicia junto a la barra de Saltes, en las bocas del Odiel. Es el 3 de agosto de 1492. Con las primeras luces del alba se enarbola la insignia del Almirante y, al fin, sobre las ocho de la mañana, cuando la ciudad de Huelva se halla todavía dormitando, son atesadas las drizas y las tres naves se hacen a la mar.

Casi dos meses después de haber zarpado, en la nave capitana se reunieron en consejo los principales responsables de la gran aventura

Gómez Roscón, copropietario de la carabela Pinta, dirigiéndose a Cristóbal Colón en tono de reproche le dijo:

 —Mirad vuesa merced que llevamos dos meses navegando en la misma dirección y todavía no hemos avistado tierra.

 —¿Acaso no se os alquiló la nave por tiempo indefinido? —inquirió Colón— ¿Qué teméis?

Yo nada señor, pero la tripulación no quiere continuar.

Pues obrad en consecuencia.

¿Y qué puedo hacer para persuadirles de que depongan su actitud?

Amenace vuesa merced con enviarles de nuevo al paro y con la pérdida de la prestación de desempleo.

—Ya lo hice señor, y ni siquiera tal amenaza les ha hecho deponer sus intenciones.

Juan Niño, propietario de la carabela Niña intervino diciendo:

Debéis de comprender señor que después de 60 días de navegar hacia lo desconocido e incierto, el temor causa mella en los hombres.

Andemos señor, aún hasta dos mil leguas y sólo desde allí daremos la vuelta —propuso Juan de la Cosa, propietario de la Santa María

—¡Cómo! Agora partimos de la villa de Palos ¿y ya vuesa merced propone regresar? Avante, señor, que Dios nos dará la victoria y no la vergüenza de volver —dijo Martín Alonso, capitán de la Pinta, muy enojado.

—¿Y qué facemos Martín? porque la tripulación no quiere seguir, ni bajo la amenaza de quitarles todas las prestaciones —repuso Colón.

Amenace Vuesa Merced con encarcelarles bajo la acusación de asociación criminal y terrorismo y, si no se atreve, mi hermano y yo barloaremos nuestra nao contra la Santa María y nosotros lo llevaremos a cabo —sentenció Martín

¡Bienaventurados seáis Martín! —respondió Colón emocionado.

Veintitrés jornadas después de tediosa navegación, Rodrigo de Triana, el vigía de la Pinta, rasgó el silencio de la madrugada antillana con el grito de:

¡Tierra a la vistaaaaa!

FIN

 

LA CRÓNICA

Hola, amigo/as, hoy me siento obligado a empezar esta crónica haciendo mención especial a nuestros compañeros, Dani, Nico y Monsó, que fueron embajadores de nuestro club en eventos de renombre; Dani y Nico lucieron nuestro maillot en la QH, Monsó en tierras gerunines, en la SEA OTTER EUROPEE. Un aplauso para ellos.

Al margen de los tres compañeros citados, hubo poca participación en la excursión a Canyelles del pasado domingo; cinco Velos, más el Oscar que se unió al grupo en Sitges, fuimos los de la partida, pero no por ser pocos nos aburrimos, sino todo lo contrario disfrutamos en grande y lo pasamos «fetén»* como diría una persona de etnia gitana.

Salí justito de tiempo desde mi casa (14º, al salir a la calle, 16º, en la estación de Quatre Camins). Llamé a nuestro Gran Capitán, Seve, primero del mogollón (Yo hice la mili en África, en el Tercio Gran Capitán, 1º de la Legión) y le alerté de que iba tarde y que me esperaran en la rotonda de las Filipinas. Lo hicieron y cuando llegué al lugar, ya el pequeño, pero grande entre los grandes grupos, tomaban la iniciativa de venir en dirección contraria a mí, para socorrerme por si hiciera falta. Pero no hizo falta.

Los cinco latinos de la partida, éramos, nada más y nada menos, que El Sergi Alcaraz, el Perona, el Quiroga, el Seve y el «señor Cinto». Tomamos la autovía dirección a las Costas y nuestro buen compañero y gran rodador, Quiroga, se puso en cabeza del pequeño grupo y nos llevó en volandas hasta unirnos a un numeroso grupo de compañeros del CC PRAT. Nos acoplamos a ellos, no sin dejar de saludarlos y llegamos al primer repecho de pie de Costas que sirvió para que el grupo empezara a descomponerse, mientras el Seve, el Perona y el «señor Cinto», se colocaban cerca de las primeras posiciones.

Ya en el segundo repecho, fue un joven txaval del CC PRAT, al que tenemos visto en otras ocasiones, el primero en saltar del grupo, seguido de un veterano que se unió a él y que muy pronto pusieron tierra de por medio. Pero antes de coronar el repecho, no sé si en persecución de los fugados o simplemente por el deseo de darnos plaka, plaka a los del Velo, saltó un muchacho algo larguirucho, llevándose a rueda a una fémina. Llegamos al tercer tramo de ascensión, algo más de dos kilómetros hasta la Maladona, con dos compis del Prat tirando en cabeza, sin que el larguirucho y la fémina cobraran mucha ventaja. Hacia la mitad de la ascensión, se cortó uno de los que tiraban en cneza, mientras el otro empezaba a aflojar el ritmo. En medio de una de las curvas más cerradas se encontraban parados el txaval y el veterano, y faltando unos cuatrocientos metros para coronar, fue el «señor Cinto» quien tomó la iniciativa y tensó hasta coronar en cabeza, con el Perona y el Seve y el compi del Prat a su rueda. Pasado Vallcarca el compi del Prat se puso a tirar de nuevo y alcanzamos al larguirucho y a la fémina que no aguantó el ritmo y se descolgó. Intentó el Compi del Prat sacarnos de punto sin conseguirlo y faltando medio kilómetro para llegar a la gasolinera, demarró el Perona y respondió el larguirucho, pero cedió en los últimos cien metros. Detrás de él llegamos el Seve y el «señor Cinto». Fue evidente que los del Velo salimos vencedores de la batalla.

Se nos unió el Oscar en la siguiente rotonda después de la gasolinera y, piano, piano, llegamos a San Pere de Ribes, pero una vez atravesado el pueblo, el Oscar se puso en cabeza del grupo y marcó el ritmo. El «señor Cinto», consideró que ya había cumplido y que una cosa es librar una batalla, pero otra muy distinta es librar toda la guerra, así que tomó la opción de dejarse ir mientras que, con el Oscar se marchaban el Quiroga y el Seve, aunque poco después optó también por dejarse ir y unirse al trío Calavera que formábamos el Perona, el Sergi y el «señor Cinto». Desaparecidos de nuestra vista el Oscar y el Quiroga, fue el Sergi –otro gran rodador–, el que tomó la cabeza del cuarteto y nos condujo, de forma magistral, hasta el mismo cruce de Canyelles.

Desayunamos el sexteto de la muerte, en El Casal de Canyelles en donde nos sirvieron presto, sin hacernos esperar demasiado, lo cual siempre es de agradecer. Terminado nuestro ágape reponedor nos infusionamos con los cafeses habituales, tomaos la foto de familia y listos para emprender la ruta de regreso.

Se despidió el Oscar del grupo, por temer que regresar en sentido contrario a la ruta programada, los demás, piano, piano fuimos cubriendo los primeros kilómetros de la ruta de regreso. Sin embargo, a medida que la musculatura de nuestras piernas entraba en calor, lenta, pero inexorablemente, nuestro ritmo se fue incrementado, dándose la coyuntura, además, de que al ser pocos y bien avenidos no hubo que hacer paradas de reagrupamiento, circunstancia esta que beneficiaba al «señor Cinto» en particular, dado que, las mencionadas «paraditas» le sientan fatal a sus maltratadas piernas.

El caso fue que, ya antes de llegar a San Sadurní, con algunos relevos que se fueron dando en cabeza, entre unos y otros el ritmo del grupito de los «bien avenidos», obligó a bajar algunas coronas. Saliendo de San Sadurní, se aceleró todavía más y los dieciocho kilómetros hasta Martorell se cubrieron en menos que se reza un credo, hasta el punto de que, en algún momento, puso en apuros a alguno.  Pero, finalmente el grupo llegó compacto al Congost.

Y con algún pique en el repecho de Pallejà, con un par que nos pasaron saliendo de San Andrés de la Barca, y la mirada puesta en las birras de La Bodeguilla, pienso que puedo dar por finalizada la crónica. Fue otra bonita excursión disfrutada al máximo por los cinco latinos, más uno (el Oscar).

*Fetén. Esta palabra es un préstamo. Viene del caló, el lenguaje de los gitanos españoles, y significa «Bueno, estupendo, excelente» y también «Sincero, auténtico, verdadero, evidente»

Antes de despedirme quiero recordaros una vez más, que por cese de la actividad, BIBCLETAS MARCO, ofrece un 20% de descuento en bicicletas de BTT y de carretera, así como en ropa, complementos y recambio. Ya sabéis que la tienda está ubicada en la calle Renclusa, 50 de l’Hospitalet y abre todos los lunes, miércoles y viernes, no festivos.

Hasta pronto, un abrazo del «señor Cinto»

CRONICA LA BRASERÍA

EL PUEBLO DE LAS TUMBAS VACÍAS

Situado en la comarca del Baix Penedés, su historia milenaria se vio interrumpida cuando quedó abandonado y desde entonces no ha podido escapar de las leyendas negras.

Se trata de Marmellar, situado a 525 metros de altitud en la comarca del Baix Penedès. Normalmente cuando en Internet se busca información acerca de despoblados como en este caso Marmellar, lo que más rápidamente aparecen son historias negras, leyendas, que eclipsan la realidad cotidiana que antaño tuvieron estos lugares, realidad que generalmente nunca aparece publicada de forma aglutinada.

Marmellar es un pueblo con historia milenaria, los primeros documentos que a él hacen referencia se remontan al año 1023. Según el archivo parroquial, la población del Marmellar en 1717 era de 65 habitantes y de 59 en el año 1787. A partir del censo de 1860, los censos se llevaron a cabo en Santa María de La Bisbal del Penedès, donde en 1970 figuraban 26 habitantes. Según las crónicas, el año 1976 un incendio asoló la zona y poco tiempo después, el pueblo quedó abandonado.

Marmellar, no se libra de su historia negra. De hecho, el 26 de Junio del año 1993 se halló en la iglesia del pueblo el cadáver carbonizado y semienterrado de una mujer que no fue posible identificar.

Tres años después, en febrero de 1996, cuando todavía estaba caliente el incidente de la mujer carbonizada en la iglesia, se encontró en las proximidades de Marmellar, concretamente en la urbanización Talaia del Mediterrani, el cadáver de otra mujer que esta vez sí se pudo identificar. Se trataba de una joven de 19 años, que trabajaba en la gasolinera de l’Arboç del Penedès.

Estos dos hechos, junto con la aparición de pintadas satánicas (cruces invertidas) en las ruinas de Marmellar y con rituales y búsquedas de psicofonías que algunos realizan por allí, han alimentado mucho más las leyendas negras que a este pueblo se asocian.

Diez casas componían el núcleo urbano, además de un buen número de masías en los alrededores. Nunca conocieron la luz eléctrica, teas, candiles y velas eran sus fuentes de iluminación, aunque más tarde llegaron las lámparas de carburo. Recogían leña de pino del monte para calentar la lumbre en las cocinas. También se hacía carbón para cocinar.

Las casas tenían cisternas para recoger el agua de lluvia. Servía para beber los animales y para la lavar los cacharros. El agua para consumo iba con botijos y cántaros a un pozo situado a diez minutos del pueblo. Las mujeres iban a lavar a la balsa de la masía La Moja situada a media hora de Marmellar. Cargaban la ropa en cestos y la traían mojada al pueblo para allí ponerla a secar. Sus tierras de cultivo estaban sembradas principalmente, de trigo, avena, cebada y garbanzos. Iban a moler el grano a los molinos de Els Monjos, Vilafranca o El Vendrell indistintamente.

Aunque había hornos en las casas del pueblo, ya no se hacía el pan en ellos. La harina se llevaba a los panaderos de El Plá de Manlleu y de Aiguaviva y ellos entregaban el equivalente en pan (ochenta panes por cada cien kilos de harina). Algunas familias tenían rebaños de ovejas, cabras y cabritos que se llevaban a vender al Pla de Manlleu. En el monte se cazaban conejos y perdices.

Dos días duraba la fiesta mayor de Marmellar, la cual se celebraba el último domingo de octubre. Pasodoble, fox, vals o polka eran alguno de los ritmos musicales que amenizaban los músicos para hacer bailar a los presentes. Después de la misa se hacían cuatro bailes (llamado “ball de vermut”), por la tarde se hacían ocho bailes y dieciséis por la noche. La orquesta “La Sensació” de El Vendrell o la orquesta “L’Aspiració” de Sant Sadurni eran las encargadas de amenizar el baile. Violín, saxofón, clarinete, trompeta, contrabajo eran algunos de los instrumentos que portaban estos músicos. Se contrataba un día una orquesta y al otro día otra distinta, salía más económico debido a que no había que darles alojamiento. Dichos músicos se repartían por las masías para comer y cenaban en el pueblo.

Era costumbre matar un cordero en las casas en estos días festivos para compartir con familiares y allegados. No había procesión en esta fiesta (se realizaba durante la Semana Santa). Acudía buen número la juventud de Aiguaviva, El Plà de Manlleu y Sant Marc. Sant Isidre era el patrón de Marmellar y por ello el 15 de mayo se celebraba la fiesta pequeña.

Hubo cura residente en Marmellar hasta el comienzo de la guerra civil. Posteriormente venía a oficiar los actos religiosos desde Aiguaviva mosén Josep Cucurull y ya en los últimos años era mosén Alejandro el que realizaba tal cometido. El médico (doctor Mateu) venía desde El Pla de Manlleu primeramente andando y luego a caballo. Jaume Palau era el cartero que llevaba la correspondencia a Marmellar. Hacía el trayecto andando desde Aiguaviva. y pocos años hubo escuela en Marmellar. Se habilitó Cal Roc como aula. Después de la guerra ya no se impartía enseñanza en ella por lo que los niños tenían que bajar a la escuela de Aiguaviva.

A Marmellar es imposible acceder con coche. Para llegar allí, hay que adentrarse en la urbanización Talaia del Mediterrani (la entrada a esta urbanización, se toma después de coronar el “coll de Les Ventoses”, antes de llegar al PLà de Manlleu) y dejar el coche en la carretera. Allí mismo hay un sendero por el que hay que penetrar a pie y andar de 15 a 20 minutos de monte a través, sendero descendente que tiene tramos por los que sólo se puede circular con moto de trial o con BTT o a pie. Lo impracticable de todos esos caminos y senderos con los que Marmellar se comunicaba con sus alrededores, junto con la carencia de agua canalizada, luz eléctrica y la falta de oportunidades de la vida de campo, provocó que, poco a poco, este pueblo fuera quedándose sin habitantes hasta quedar completamente abandonado.

La leyenda reciente, hace referencia a las pintadas de símbolos satánicos que se pueden ver en el pueblo, así como las filas de nichos vacíos adosados al muro trasero de la iglesia. En algún caso se observa el símbolo alquímico de mercurio. Según la Alquimia, todo está compuesto por Azufre, Mercurio y Sal, por lo cual se les conoce como Tria Principia, que en latín significa “Los Tres Principios”. Espíritu, Alma y Cuerpo: El Azufre siempre ha estado asociado con el Fuego (lo confirma el triángulo del elemento fuego presente en su símbolo); en este caso se refiere al Fuego Sagrado, a nuestro Espíritu, nuestra Esencia Divina. El Mercurio representa el Alma, pero también la mente y las emociones. La Sal es todo lo externo, lo visible, lo físico, lo sólido; el cuerpo; es energía cristalizada, materializada.

FIN

LA CRÓNICA

Buen pelotón el del pasado domingo en la excursión programada, en un principio a Collbató por Can Foslaba, pero, para regocijo de algunos y como consecuencia de no encontrar un restaurante adecuado a nuestras necesidades (que non muchas ni exigentes), se tuvo que variar la ruta, dejando can Fosalba como ruta opcional, aunque nadie del grupo optó (mieditis, para qué voy a decir una cosa por otra). Pero, en definitiva, la ruta alternativa no estuvo nada mal (a mí me encantó). Se fue a Collbató por Esparraguera, descendimos hasta el aéreo de Montserrat y desde allí nos dirigimos hacia Ca n’Estruc y almorzamos en el restaurante La Brasería.

Hacía ya bastantes semanas que no veíamos un pelotón tan numeroso, puesto que, salvo error u omisión, estuvo compuesto, nada menos que por trece Velos, a saber; Fede (lo nombro en primer lugar porque tuvo la gentileza de pagar los bocatas con motivo de celebrar su cumpleaños; Felicidades Fede y que cumplas muchos más hasta los cien), Sergi Alcaraz, Nico, Perona, Sergi Pibe, Blas, Orlando, Diego, Miquel, Marc (hacia semanas que no veíamos a estos tres últimos), Seve y el «Señor Cinto), además del Monsó, que lo alcanzamos en Collbató..

Fue bastante vivo el ritmo en la ruta de ida. Aun sin rodar a «muerte» hubo algún tramo en el que el grupo se estiró bastante. El pelotoncito rodó tranquilo por el tramo de la chatarra, hasta el Congost. Primera parada y el señor Cinto que tomó un par fotos del grupo.

Tomamos la carretera de Olesa (BV–2101) y el amigo Sergi/ Pibe, a quien le gusta exprimirse hasta la agonía, se puso en cabeza del grupo, pero sólo hasta la primera rotonda (la de la salida de la autovía A2). Quinientos metros a ritmo agónico, que remató con un tirón (más que un tirón fue una «estarracada») en el repecho que da acceso a la rotonda, como si le hubiera ido la vida en ello. Después de esta demostración del Pibe, tomó el Blas la cabeza del grupo y, como buen rodador que es, nos puso bastante estiraditos. Y así llegamos a la rotonda del reagrupamiento. No sé si hubo esprint porque llegué, más o menos, por la cola. A continuación, reagrupamiento rápido, despedida del Pibe que nos abandonó por compromisos familiares, y reanudamos la marcha en dirección a Esparraguera y Colbató.

Ascendimos a ritmo, más o menos tranquilo, los once kilómetros que nos separaban de Collbató, como diría el desaparecido comentarista de ciclismo, Pedro González, cada uno con sus propias fuerzas, (sería estupendo pedalear con las fuerzas de otro) y nos reagrupamos en la curva que da acceso a Les Coves de Collbató (antiguamente se llamaban Coves de Salnitre, pero todo cambia en esta vida en la que nada es verdad ni es mentira). Cinco kilómetros de suave descenso y otros cinco hasta el restaurante La Brasería, después de salvar el suave repecho de Ca n’Estruc, de unos dos kilómetros.

Nos aposentamos para el almuerzo dispuestos a reponer nuestras fuerzas que repusimos con entera satisfacción y mucho cuando a la hora de rascarnos el bolsillo, descubrimos que nuestro compi Fede, había pagado los bocatas con motivo de celebrar su aniversario. Naturalmente, como queda dicho anteriormente, todos le deseamos que cumpla muchos más, pero sin pasarse (mínimo hasta los cien). Después de las consabidas infusiones, tomó el Seve la foto de familia –con la ausencia del Marc, que nos abandonó poco antes de que nos sirvieran– y nos pusimos en marcha dispuestos a cubrir la ruta de regreso programada por la ascensión a Ullastrell, antiguamente conocido como «El Suro», en alusión al bar restaurante que hay en Santa María de Villalba, al final del primer repecho en la parte izquierda dirección Ullastrell.

Como el tramo de diez kilómetros desde La Brasería, hasta el desvío de El suro, era benigno y no ofrecía dificultades, el grupo llego compacto, pero todo fue comenzar la ascensión y se descompuso en un abrir y cerrar de ojos. Por delante el Diego. El Nico y el «señor Cinto), por detrás varias deserciones, alguna justificada como la del Fede, otras sorprendentes como fueron las del Orlando, Miquel y Quiroga, que se dieron la vuelta para regresar por el Congost y San Andrés de la Barca. Pero en contrapartida hubo otros que fueron valientes y cubrieron la ruta prevista enfrentándose a la mencionada ascensión; además de los nombrados; Diego, el Nico y el «señor Cinto», fueron el Blas, Seve, Monsó, Sergi y Perona.

Reagrupados en el cruce de Castellbisbal, el Nico tomó la opción de regresar por Rubí, San Cugat y Valldoreix, el resto nos dispusimos disfrutar de los nueve kilómetros de descenso (los descensos los vivo y disfruto como si fueran un premio al esfuerzo de la ascensión). Llegamos a los últimos cinco kilómetros de llano, desde la rotonda de Castellbisbal a Molins de Rei, con el Perona desatado que nos sacó de punto con una última arrancada de fuerza y potencia. Después, derechos a La Bodeguiila a deleitarnos con unas birras y ¡Oh! Sorpresa sorpresiva allí estaban el Miquel y el Orlando que nos saludaron como niños que hubieran cometido una travesura.

Y esto es todo lo que puedo explicar de esta bonita excursión. Fue una gozada ver incrementado el número de participantes. Y esperemos que, cumplidas las vacaciones y acabado el tiempo de playa, siga aumentando.

Mi recordatorio antes de despedirme; BICICLETAS MARCO, de la calle Reclusa, 50 de l’Hospitalet, por cese de la actividad, ofrece un 20% de descuento en todas las existencias; bicicletas de carretera y BTT, recambios, componentes, ropa, etc. tenerlo en cuenta mis querido/as amigo/as si tenéis menester de alguno de estos artículos.

Hasta la próxima un fuerte abrazo del «Señor Cinto»

Comentarios

Alberto el que cuenta

28.10.2022 18:41

Saludos mis amigos velocicloturistas que estáis cada domingo rodando por las carreteras de España y del mundo en esta gran pasión que es el ciclismo. Seguid así..

Atte Alberto Contador velasco.

Comentarios recientes

28.10 | 18:41

Saludos mis amigos velocicloturistas que estáis cada domingo rodando por las carreteras de España y del mundo en esta gran pasión que es el ciclismo. Seguid así..

Atte Alberto Contador velasco.

13.09 | 14:18

Muy buenas companys, ¿Este año habrá marxa para Octubre?

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